domingo, 25 de mayo de 2014

Cosima Della Bianca





En el barrio de Postumia, en plena zona del gremio de artesanos, al norte de Verona, Cosima Della Bianca, ultimaba su pedido de dibujos florales, una serie de ocho cuadros tamaño “palmo”, un palmo exacto, dieciocho centímetros. Mientras los envolvía con sus nudosas manos, torpes ya por la edad y la enfermedad que galopaba por su cuerpo, tuvo un recuerdo. Pensó en la Madonna de Verona, la imagen bajo la que el sacerdote de su iglesia había tronado contra el pecado de la mente y el cuerpo libre. Mientras hablaba, la anciana Cosima, había elevado sus ojos, buscando algo más, algo que le hiciera más llevadero aquel tormento de sucesión de frases sin sentido, dolorosas e hirientes; en realidad el motivo de sus visitas al trueno de la fe, como llamaban los fieles a aquel púlpito.

Allí estaba, la Madonna de su infancia, pintada por su padre y por su hermano mayor justo en la cúpula situada sobre el modesto altar. Se recordó corriendo por aquella nave descalza, acercándose al andamio en el que su viejo padre intentaba dirigir la mano torpe de su hermano, recordó pensar “Tal vez yo, lo haría mejor”. Recordaba su postura, sentada sobre el inmenso andamio, con las piernas colgando y balanceándolas suavemente. Su padre, murió en medio de aquel encargo y fue su hermano el encargado de acabarlo, cometiendo errores imperdonables de proporción y mezcla de colores. La pequeña Cosima miró desde arriba del andamio a la anciana y le sonrió, moviendo lentamente los labios, repitiendo siempre lo mismo “Tú, lo hubieras hecho mejor” y sonreía antes de desaparecer de su mirada y su recuerdo.

La Madonna, amaba aquella imagen más que a nada en este mundo, su madonna, su despertar a la pintura, imperdonable error del aprendiz de pintor que sólo deseaba el brillo de su profesión, las ropas nuevas, los bailes en los salones repletos de tapices, el brillo de un alma perdida para siempre. Un pequeño detalle le hizo detener su tarea con el cordel, un dato que para cualquier otro pintor hubiera pasado desapercibido, un simple matiz de luz. Ese día había acudido a misa, tan solo por comprobarlo, y ahora, en medio del tedioso trabajo de envolver sus pequeños dibujos con telas rojas, que era como los maestros veroneses envolvían sus cuadros, sus manos temblaron ligeramente, para al instante temblar tanto que tuvo que agarrárselas y colocarlas en su regazo. La luz… ¿Era posible que nadie se hubiera dado cuenta?, ¿Era posible que ni siquiera los divinos venecianos o genoveses se hubieran dado cuenta antes?, ¿Cómo era posible que una pueblerina que comenzó a pintar como forma de escapar de aquella casa que se caía a trozos, estuviera en ese instante tan solo acariciando esa idea… tan extraña y a todas luces herética?

Tomó un carboncillo, como en los talleres pobres, el papel de boceto era la pared. Y comenzó lentamente a dibujar a su Madonna, tan plana, tan estable, tan propia de un pueblo creyente sin luz y sin futuro. Aprendió de su padre las nociones básicas de pintura, de proporcionalidad y de la imaginación necesaria para llevar un boceto a un fresco, bueno, en realidad su padre jamás le dirigió una palabra relacionada con la pintura, gracias a su pequeño tamaño, vagaba por el taller, antaño grande y lleno de aprendices, escuchando sin aparentar el más mínimo interés en lo que nadie hacía. Le fascinó el concepto de proporción aurea y desde que lo escuchó por primera vez, las convirtió en esas dos palabras mágicas que repetimos miles de veces como si en realidad nos fuera la vida en ellas, como un antídoto que un día nos salvará la vida. “Proporción aurea…luz”, ¿Y si los divinos se equivocaban? En un instante la mano dejó de temblar, firme el carboncillo, apenas un trozo de carbón ligeramente afilado, acariciaba el trazo y la pared, haciendo de argamasa de esa complicada combinación llamada arte. Tras un día sin salir de aquellas cuatro paredes, apenas iluminada con una lámpara de óleo vieja y grasienta, dio un paso atrás, luego otro, ocho pasos exactos. Abrió la contraventana, entrando a ráfagas una luz gris y un frio triste, frio de viejo. Sonrió, como cuando era niña. La pequeña Cosima y la anciana se tomaron la mano, “¿Ves?, lo sabía, ¡Lo hubieras hecho mejor!”.

Verona, año de gracia del 1397, sufría la hambruna endémica del agónico final de una era, la anciana nada poseía, una casa que se derrumbaba día a día, algo de material heredado y una determinación férrea en conseguir mantener abierto el taller de los Bianca. Cuando recibió al zagal que venía a recoger el encargo y tras asegurarse de la correcta colocación en un pequeño cesto, colgado a la espalda del pequeño, del paquete rojo destinado a un burdel de la ciudad, se sentó en el camastro a observar su Madonna negra en la pared de enfrente. Humeaba el óleo, le picaban los ojos. Miró a su miserable alrededor sin un ápice de auto compasión, mientras acariciaba la sábana… ¡lino!, era lino, algo basto, pero le valdría para lo que había pensado. La madera no le resultó tan complicada de conseguir. Cortó a conciencia la tela, doce trozos, preparó la madera de la forma veronesa, esa tan particular de entelar lienzos y que en el futuro tantos quebraderos de cabeza daría a los que intentasen trabajar sobre la tela. A los tres días, tenía diez lienzos tensos, imprimados de algo parecido al blanco triste del cielo de la villa y dos más de reserva, con la marca de su taller, orgullosa, los doce, ojo azul sobre una B bellamente trazada.

Y comenzó, administrando las mezclas hasta el límite de lo aceptable. Comía sólo lo que una de sus sobrinas le acercaba a la boca, hasta que harta de tanta molestia la apartaba con gesto frustrado. Nada, no lo conseguía. Aquella maldita loca idea que la había dejado sin sábanas, era la mayor estupidez que jamás se le había ocurrido a nadie que se autodenominara pintor. Dos cuadros, sólo dos lienzos en blanco y todo el trabajo de meses acabarían en la chimenea. Pintó sin desmayo, hasta que la pequeña Cosima vino a visitarla de nuevo. “Es la hora”, le dijo.

-“¿Hora? ¿De qué?” - sonrió

- De irnos…

-No entiendo, de irnos a dónde, para qué…

-Ven, dame la mano, conozco el camino, no dejaré que nada malo te ocurra, confía en mí.

 

A la mañana siguiente a la anciana la encontraron muerta sentada en el suelo, frente a sus doce cuadros. En la mano su pincel preferido, lo había hecho con su propio cabello, cuando aún era rubio y sedoso. Pintaba con sus recuerdos y con su pasado, o eso le gustaba pensar.

 

 

 

Año de gracia del 1407, Adalberto Chiessa, tratante de arte de Verona al servicio de los Capulettos, paseaba perdido por el barrio de Postumia, hasta que algo llamó su atención. No aquella pocilga que sin duda un día fue el taller de los Bianca, sino algo que se podía observar desde la calle. Unos lienzos entelados estilo “al bies” de los artesanos de aquel barrio. Tapaban los agujeros de las ventanas que daban al callejón infecto al que había llegado abrumado por sus problemas amorosos y buscando el famoso burdel de las Scorofinnas.

Sólo podía observar la espalda del lienzo, pero sin duda…el simple roce y su instinto le decía que en el frente había algo más.

La puerta abierta le facilitó la tarea, entró y pese a la oscuridad, apenas herida por la luz que entraba a su espalda, se quedó anclado al quicio. Imposible moverse, imposible hablar, imposible pensar en cualquier cosa que no fuese aquella extraña Madonna. Fue sencillo hacerse con los doce lienzos, el costo, apenas unos tableros para sustituirlos. Envueltos en rojo, los colocó en el Carrello, y se subió dispuesto a viajar a casa de su amigo, el Divino.

 

Cuando el Divino entró en la estancia - iluminada como sólo podía estar un taller veneciano, catorce ventanales, diez lámparas de oleo oriental, y en sus mejores tiempos setenta y dos artesanos, entre pintores, aprendices y zagales - se hizo el silencio, como cada vez que el maestro entraba en el taller, era alto para su época, ligeramente obeso, el cabello le caía sedoso sobre los hombros. Caminaba a zancadas, como lo hacen las personas que saben que les queda poco tiempo para realizar todos sus sueños, uno, dos, tres,… cuentan que el ritmo descendió. Al llegar al último lienzo, el más próximo a la ventana grande, a la “Ventana del maestro”, quedó parado. Respiraba profundamente. Su barba temblaba ligeramente y los ojos humedecidos.

- Querido amigo, esto es…

- Algo me dijo que era un mensaje para vos, no lo entiendo de otra manera.

- Decidle a su autor que ha ganado el cielo con creces, sería para mí un honor compartir mi estudio con él, solicitaré a los...

- No os molestéis, resultará imposible, su autora murió hace diez años.

 

El Divino miró sorprendido a su interlocutor, “¿autora…?”, se acercó lentamente a la pequeña Madonna que le observaba desde el suelo, pegada al ventanal. Rugió. “Doce caballetes, ¡YA!”. Acarició el bastidor con sus dedos sin atreverse ni a tomarlo en sus manos. Estúpidos veroneses con su absurda forma de entelar… Esa maldita variación de la proporción aurea y la luz, ¿Cómo demonios no se le había ocurrido antes?, la maldita luz… tanta luz, tanta fe, tanta virtud como tenía a su alcance y tuvo que descubrirlo un “demonio” desde el fondo de los infiernos. En verdad la luz sólo es admirada por los ciegos y por los que viven a oscuras, el resto sólo la usan. El maestro comprendió en seguida la mínima variación de aquellos lienzos y desde entonces la aplicó a sus obras. Pronto ese pequeño matiz viajó a Génova, Udine, Piamonte, Nápoles…

Un pequeño matiz que cambió una forma de acercarse a la imagen de lo inaccesible. Un matiz que enseñó que se pinta con la mirada y el corazón o sólo se copia la realidad.

 

 

(Este pequeño relato es verídico. Basado en la correspondencia del marchante de arte con el Divino pintor de Madonnas.  Me he permitido ahorrar detalles, puramente técnicos y cambiar los nombres reales, pues forma parte de un relato mucho más largo.

Un sencillo motivo de reflexión acerca de la trascendencia del ser humano y sus creaciones. Las primeras Madonnas venecianas, nacidas en el Quattrocento, esas vírgenes que observamos absortos nacieron de la idea de una anciana veronesa, de un sueño, de un “plagio”. Un día escuché emocionado “El arte ha muerto, viva el arte” y es cierto, el arte ha muerto, muere cada día, pero lo que nunca morirá será el ansia por trascender, los sentimientos que lo motivan y los seres que anónimamente son escalones, sin la menor pretensión de ser puente.)

 

 

lunes, 12 de mayo de 2014

Los observaba con envidia...


 
 
Los observaba con envidia, mientras se sentaban en una mesa muy baja colocada en un rincón del salón, sentados sobre unos cojines afectados de polvo indomable y alrededor de una extraña tetera. Sus ojos lloraban, pero sus bocas sonreían. Como un gato iniciaba mi acercamiento, seguro de que de ninguna manera repararían en mí, sólo deseaba escuchar aquel idioma extraño, el árabe hablado bajito suena a viento y orgullo, suena a primera vez y a regreso a algún lugar. El pequeño gato se acercaba sin perder de vista a aquellos dos robustos hombres, los movimientos de sus manos al servir aquel té negro con ligeros matices de menta, que al acercarlo a los labios hacía llorar levemente los ojos, las lágrimas del desierto reían ambos al decirlo, las medias vueltas de la taza pequeña y sin asa, las tres leves inclinaciones de la cabeza, la frase casi muda que salía de sus bocas que apenas interrumpía su conversación, el leve parpadeo y el silencio que seguía, roto siempre por una palabra que sonaba a promesa y que hacía que el otro abriera mucho los ojos antes de empezar a hablar, con mi madre aprendí a que sin manos es muy complicado hablar italiano, para hacer muchos movimientos al ritmo de las palabras, de ellos aprendí que los ciegos hablan un árabe muy malo.

Inevitablemente, en cuanto el gato alcanzaba el perímetro de intimidad, recibía una mirada del Gran Gato y procedía a una retirada táctica, mirando sorprendido a algún punto lejano, muy lejano y caminando decidido a comprobar alguna mancha de la pared o asegurarse de que la ventana estaba correctamente cerrada.

Le había rogado tantas veces a mi padre que me enseñara algo de su lengua materna, que casi había perdido la cuenta y obtenido en consecuencia una negativa incontestable, “Es por tu bien”.

 

Don Ismael vivía en nuestra casa, una vieja casona que hacía vida volcada a un patio interior, un patio de tierra batida de tanto pisarlo, con ocho naranjos y cuatro mandarinos, fuente y bancos de azulejos azules. En la planta baja, tres habitaciones independientes servían a mi padre para dar alojamiento al que estaba obligado por su religión. Una de ellas, estaba ocupada casi permanentemente por don Ismael y su mujer, doña Carmen. Él había nacido no sólo en el mismo país que mi padre, habían nacido en la misma ciudad y en el mismo barrio. Lo suyo no era vivir juntos por preceptos religiosos, iba mucho más allá, se acercaba a una amistad inquebrantable. Los dos se dedicaban a la venta de ropa de forma ambulante, hasta que decidieron comprar un pequeño local, más que nada para evitar el mal tiempo y el frío al que muchas veces nos veíamos sometidos. Los recuerdo los días de verano, sonrientes, preparando un pequeño carrito atiborrado de ropa embolsada en plástico de ese que hacía mucho ruido, bromeaban cuidando cada detalle, como si preparasen una caravana en búsqueda de sal o de especias en pleno desierto. Los miraba sentado en el suelo, atento a cualquier gesto que indicara que me necesitaban para algo, pero ese gesto raramente llegaba. Los seguía hasta la puerta exterior, por el pasillo iban en silencio, sólo el sonido de los muelles de los carritos, al llegar a la calle se separaban, cada uno tomaba una dirección diferente en busca de clientes que aún no conocieran su flamante tienda, atendida por sus respectivas mujeres.

Observaba a doña Carmen de reojo los días que tendía su ropa en un rincón del patio los días soleados en los que los hombres preparaban sus mercancías para recorrer los barrios más alejados del centro. Me gustaba el gesto que hacía cuando descansaba, con las manos en las caderas, me llamaba profundamente la atención porque era rubia y de ojos muy verdes, pero sobre todo porque mantenía su pelo cubierto casi bajo cualquier circunstancia, me preguntaba cómo era posible mantener aquella inmensa y preciosa mata de pelo alejada del mundo, como era posible que en un mundo de rubias de televisión, ella hubiera acabado en una pequeña ciudad que se ahogaba de calor en verano y de lluvia en invierno.

 

-Te gustaría ir con ellos…pero a los diez minutos estarás harto. – Me dijo un día sin ni siquiera mirarme, mientras retorcía una toalla antes de tenderla, con dos o tres pinzas en la boca.

-No lo creo… – respondí.

-No es tan heroico, sólo son vendedores que hablan raro y piensan más raro aún. Ven échame una mano con estas toallas, anda.

Obediente agarré con fuerza, hasta que ella al retorcerla conseguía hacerme girar también mis manos. “Vaya, ¡ocho vueltas!, te estás haciendo fuerte”. Y yo… sonreía ligeramente, entre avergonzado y curioso.

-No te enseña árabe por tu bien, aquí si hablas con ese acento serás mal mirado, te cerrará muchas puertas, sólo podrás ser vendedor. Tu padre quiere para tus hermanos y para ti algo diferente, aprende italiano…así hablarás como el Alain Delon….- rió abiertamente.

-Alain Delon no era italiano…era francés. ¡Pero el caso es que yo no quiero nada diferente! – Me sorprendí replicándole en voz alta.- “Lo siento”. - me apresuré a añadir torpe.

- Te voy a decir algo que no debería, busca tiempo con Ismael, él cree que deberías aprender aunque sea a escribirlo y leerlo, como un mudo, ya sabes, sin hablarlo.

 

Después de esa conversación me hice asiduo a las horas muertas de Don Ismael en el patio, mientras atendía jaulas y jaulas de canarios que liberaban dos veces al año después de sus oraciones del medio día. Unos canarios que los días de sol conseguían que casi todos nos tapáramos los oídos para poder obtener algo de paz. O cuando sencillamente se sentaba en uno de los bancos a leer, no recuerdo cómo pero un día miró a todos lados y casi al oído contó del uno al diez. Supe que contaba sólo porque al decir cada palabra estiraba uno de los dedos de las manos por riguroso orden, se levantó y se fue, como si hubiera cometido el mismísimo pecado original que me empezaban a enseñar en la escuela. Diez palabras, una frase larga, poco más, mi primera frase sin sentido de entre muchas frases sin sentido posteriores. Ni que decir tiene que la repetía a todas horas, aún sin saber cómo se escribían, un sonido que buscaba cadencia y ritmo por encima de mis nulas dotes de baile, “wáhid, ithnán, thalátha, árbaa, khamsa, setta…” me repetía a mi mismo mientras intentaba dormir, trazando signos imposibles, inventando su grafismo. Intercalándola entre mis pensamientos, mientras escuchaba y mientras hablaba.

 

- “Ulises, alcánzame tres bolsas azules”

- “¿Thalátha?”

Y todo se rompió a mí alrededor, una simple palabra. Mi padre soltó lo que estaba haciendo en el suelo, que ya no recuerdo lo que era, y se acercó despacio, moviendo disgustado la cabeza de un lado a otro.- “¿Cómo has dicho?”.

- Tres.

- ¿Me mentirás encima, Ulises?

- Dije Thalátha. – me ardió en la boca al pronunciarla y las lágrimas que pugnaban por salir en borbotón.

No dijo absolutamente nada, me miró de arriba abajo, como si fuese un desconocido, como si le hubiera pedido una tregua imposible. Silencio.

 

Durante unos días huí de don Ismael, no sé si por miedo o por sentir que también a él lo había decepcionado, hasta que no pude más. “Tendrás que controlar tu lengua, Nassi”. Cada día una palabra nueva, generalmente me acercaba y él, mirando al cielo, la pronunciaba, una sola vez, como un disparo. Yo cerraba mucho los ojos, recordando el sonido, la mayoría de las veces desconocía lo que significaba, sólo la repetía dentro de mí. De pronto, una palabra al día se me hizo poco y necesité dos, más adelante tres y conocer lo que significaba y saber cómo se escribía, en la tierra batida del patio. Al año, entendía por encima lo que hablaban, al año y medio los entendía perfectamente y sabía escribir cartas sencillas y pedidos de mercancía sin que mi padre supiera nada.

La soledad se desnuda sin necesidad de ayuda. Y llega generalmente como las visitas más deseadas o detestadas, sin esperarla. Una vez fui feliz. No lo recuerdo bien, ni el momento, ni las circunstancias que me hicieron pensar que era feliz, pero si tengo que apostar, con certeza lo haría a que fue en esa época de mi vida, ese instante del amanecer de los años, en el que no es de día ni de noche, no se ve nada claro, pero crees imaginarlo y en esa imaginación volcamos todo lo que hemos aprendido de belleza en nuestra corta existencia. Queda la sensación desnuda, porque las palabras raramente sobreviven a las guerras de los años.

Don Ismael y mi padre  se levantaban bastante temprano y desde la ventana de mi habitación en el segundo piso de la casa les veía desenrollar lentamente su alfombra, se arrodillaban acercando regularmente su nariz hasta el suelo. Según mi profesora de religión adoraban al diablo y a mí, la verdad, poco me interesaba a quien rezaban, eran los preparativos, eran los gestos, sus miradas y por encima de todo su fe, aunque obviamente a esa edad poco sabía de esa palabra.

En aquel rincón del patio, en el que rezaban, recuerdo haber escuchado por primera vez algo que me sorprendió, las mujeres se reunían a hablar a la sombra del naranjero más grande, sólo pasaba por allí y escuché decir a doña Carmen, en voz alta, que el amor era una tontería, que ella jamás estuvo enamorada de su marido, ni lo estaba en la actualidad, ni lo estaría nunca.

 

Casi como un paseo por una ciudad a la que amas, la soledad, también, llega de pronto a la vuelta de cualquier esquina y a doña Carmen le llegó. Todos me ocultaron la enfermedad de don Ismael, así que ignoro su afán de lucha, sus intentos por resistirse, incluso él mismo me lo ocultó todo, sólo sé que cada vez que lo podía ver estaba más delgado. “Apúrate, Nassi.- Me seguía llamando.- O no me dará tiempo”. Hasta que un día “se fue de viaje, al poco tiempo durante ese viaje tuvo un accidente y estaba bien, en un hospital de un país lejano, tratado por los mejores médicos del mundo, esperando a ponerse bien del todo para regresar, así que no preguntes más”.

Ella seguía levantándose muy temprano, desenrollaba la alfombra pero sólo la acariciaba, miraba sus libros, colocados sobre la tela, no como el que lee, sino como el que busca en su objetivo silencio, una pista necesaria para continuar la partida. Caminaba sola por el patio interior. Y allí nos veíamos, sin cruzar ni una palabra, hasta que un día me llamó por mi nombre haciendo gesto y sentí como hasta el más diminuto de mi vello se erizó. “Sé que Ismael te enseñó lo que pudo de árabe, ¿Aprendiste como para decirme algo?”

Con todas mis fuerzas deseé  explotar en un relato fluido, pero a lo más que llegué fue a hablarle con esfuerzo y rigidez. Cuando llevaba unos cinco minutos eternos intentando hilvanar una historia, me puso la mano sobre el antebrazo y dijo “Suficiente, gracias”. Aprendí a que cuando hacía el gesto de tocar con la palma de su mano el banco, quería decir que deseaba que le hablara. Y eso hacía. Generalmente le hablaba de las Suras con las que aprendí a escuchar sin pensar, y que por supuesto recordaba de memoria. Un día me miró a los ojos y me preguntó - “¿cómo se dice Amor?”

"Houb", respondí, casi sin parpadear, usando el significado más corriente.

Asintió. - El amor es sólo una palabra. Puedes vivir mil años y no saber más que como se dice en varios idiomas y el tono en el que debes hacerlo para conseguir lo que quieres. Pero las definiciones no hacen arder al corazón que ya sufrió un incendio. Soy afortunada, yo conocí lo que significaba, como espectadora, pero lo conocí. Me pidió que te regalara su alfombra y su Corán, pero te voy a ser sincera, no lo voy a  hacer… -.

“Mi regalo, esa alfombra era mía, ese libro era mío, ¿cómo se atrevía?” -  “¡Y si no le amaba por qué estaba con él!”. Disparé con una furia que me sorprendió a mí mismo. Me miró larga e incómodamente a los ojos, sin parpadear, hasta que no pude soportar su mirada y retiré a un lado la mía. Asintió lentamente y se levantó caminado en dirección a su habitación.

Muchos días acudí al patio pero no la encontré. ¿Qué serías capaz de hacer por amor? Fue una pregunta que se fijó a mi pensamiento desde esa época.

 

Un día, antes de salir al colegio, mientras miraba los pocos pájaros que quedaban enjaulados, esperando a que llegara el día de su libertad. Se acercó con paso decidido hacia mí, se situó a menos de medio metro de distancia y se agachó hasta que casi se rozaron nuestras narices. “Cuéntame algo, lo que sea, háblame”. Aquel día me inventé un cuento sin demasiado sentido, perdido en aquellos ojos verdes. La ansiedad de aquel reencuentro me podía, intenté que el cuento no fuera de un niño sino de un hombre. No sé lo que conseguía mientras hablaba, porque nunca había visto los ojos de una mujer que no fuese de mi familia tan de cerca. Después de mucho alargar el final para prolongar nuestro encuentro tuve que poner un fin, y en él me tomó la mano. “Me casé con él porque se lo mereció y fui tan egoísta como para reconocer que jamás en mi vida, jamás, por mucho que consiguiera vivir, nadie sería capaz de amarme tanto y hacer tanto por mí sin esperar absolutamente nada. En unos días me marcho a vivir con mis hijos”. - Me dijo en el árabe más perfecto que jamás había escuchado. Su sonrisa triste me respondió muchas cosas sin necesidad de palabras, y lo que no respondió quedó adherido a las paredes de mi alma para un posterior entendimiento.

No la vi marchar, aunque lo deseaba. Sencillamente un día llegué a la casa y ya no estaba. No había caja con recuerdos, ni sobre con carta de despedida, ni libros, ni alfombra. De mayor pensamos “tal vez la vida nos vuelva a reunir” de pequeños todo es blanco o negro. En su habitación vacía y desnuda, recuerdo decir “Hola” y sorprenderme del eco, era mi primer eco de una larga lista.

 Después de haber estado vestida tan exquisitamente con alfombras, telas y fotografías de hombres y mujeres en sepia, elegantemente vestidos. Absolutamente nada tangible hablaba de sus inquilinos. En la pared, a lápiz, muy suave, casi pidiendo permiso, en arabescos sumamente exagerados se podía leer  “El amor muere como un guerrero”  ni mucho menos entendí el sentido, pero si sentí que era para mí. La acaricié en cada uno de sus trazos, intentando memorizar algo que, sin saberlo, estaba destinado a formar parte de mi memoria a sangre y fuego. Cada una de sus líneas fueron mías, poseí sus sinuosas curvas presintiendo lo que era una caricia. En aquellos roces, en aquella sensual persecución de curvas y oscuridades busqué el sentido de todo lo que estaba ocurriendo en mi interior. Cada imperfección cada mínimo detalle resultó una experiencia en sí misma. Haber conocido una habitación llena y sentir por primera vez el significado de la palabra Vacío, fue para mí una parábola. ¿Qué es más importante, el continente o el contenido? Imagino que con los años decidimos que los dos son importantes por igual, pero con once febriles años, el continente no tiene la más mínima de las importancias.