En el barrio de Postumia, en plena zona del gremio de artesanos, al norte de Verona, Cosima Della Bianca, ultimaba su pedido de dibujos florales, una serie de ocho cuadros tamaño “palmo”, un palmo exacto, dieciocho centímetros. Mientras los envolvía con sus nudosas manos, torpes ya por la edad y la enfermedad que galopaba por su cuerpo, tuvo un recuerdo. Pensó en la Madonna de Verona, la imagen bajo la que el sacerdote de su iglesia había tronado contra el pecado de la mente y el cuerpo libre. Mientras hablaba, la anciana Cosima, había elevado sus ojos, buscando algo más, algo que le hiciera más llevadero aquel tormento de sucesión de frases sin sentido, dolorosas e hirientes; en realidad el motivo de sus visitas al trueno de la fe, como llamaban los fieles a aquel púlpito.
Allí
estaba, la Madonna de su infancia, pintada por su padre y por su hermano mayor justo
en la cúpula situada sobre el modesto altar. Se recordó corriendo por aquella
nave descalza, acercándose al andamio en el que su viejo padre intentaba
dirigir la mano torpe de su hermano, recordó pensar “Tal vez yo, lo haría mejor”. Recordaba su postura, sentada sobre el inmenso andamio, con las piernas
colgando y balanceándolas suavemente. Su padre, murió en medio de aquel encargo
y fue su hermano el encargado de acabarlo, cometiendo errores imperdonables de
proporción y mezcla de colores. La pequeña Cosima miró desde arriba del andamio
a la anciana y le sonrió, moviendo lentamente los labios, repitiendo siempre lo
mismo “Tú, lo hubieras hecho mejor” y sonreía antes de desaparecer de su mirada
y su recuerdo.
La
Madonna, amaba aquella imagen más que a nada en este mundo, su madonna, su
despertar a la pintura, imperdonable error del aprendiz de pintor que sólo
deseaba el brillo de su profesión, las ropas nuevas, los bailes en los salones
repletos de tapices, el brillo de un alma perdida para siempre. Un pequeño
detalle le hizo detener su tarea con el cordel, un dato que para cualquier otro
pintor hubiera pasado desapercibido, un simple matiz de luz. Ese día había
acudido a misa, tan solo por comprobarlo, y ahora, en medio del tedioso trabajo
de envolver sus pequeños dibujos con telas rojas, que era como los maestros
veroneses envolvían sus cuadros, sus manos temblaron ligeramente, para al
instante temblar tanto que tuvo que agarrárselas y colocarlas en su regazo. La luz…
¿Era posible que nadie se hubiera dado cuenta?, ¿Era posible que ni siquiera
los divinos venecianos o genoveses se hubieran dado cuenta antes?, ¿Cómo era
posible que una pueblerina que comenzó a pintar como forma de escapar de
aquella casa que se caía a trozos, estuviera en ese instante tan solo
acariciando esa idea… tan extraña y a todas luces herética?
Tomó un
carboncillo, como en los talleres pobres, el papel de boceto era la pared. Y
comenzó lentamente a dibujar a su Madonna, tan plana, tan estable, tan propia
de un pueblo creyente sin luz y sin futuro. Aprendió de su padre las nociones
básicas de pintura, de proporcionalidad y de la imaginación necesaria para llevar
un boceto a un fresco, bueno, en realidad su padre jamás le dirigió una palabra
relacionada con la pintura, gracias a su pequeño tamaño, vagaba por el taller,
antaño grande y lleno de aprendices, escuchando sin aparentar el más mínimo
interés en lo que nadie hacía. Le fascinó el concepto de proporción aurea y
desde que lo escuchó por primera vez, las convirtió en esas dos palabras
mágicas que repetimos miles de veces como si en realidad nos fuera la vida en
ellas, como un antídoto que un día nos salvará la vida. “Proporción aurea…luz”,
¿Y si los divinos se equivocaban? En un instante la mano dejó de temblar, firme
el carboncillo, apenas un trozo de carbón ligeramente afilado, acariciaba el
trazo y la pared, haciendo de argamasa de esa complicada combinación llamada
arte. Tras un día sin salir de aquellas cuatro paredes, apenas iluminada con una
lámpara de óleo vieja y grasienta, dio un paso atrás, luego otro, ocho pasos
exactos. Abrió la contraventana, entrando a ráfagas una luz gris y un frio
triste, frio de viejo. Sonrió, como cuando era niña. La pequeña Cosima y la
anciana se tomaron la mano, “¿Ves?, lo sabía, ¡Lo hubieras hecho mejor!”.
Verona,
año de gracia del 1397, sufría la hambruna endémica del agónico final de una
era, la anciana nada poseía, una casa que se derrumbaba día a día, algo de
material heredado y una determinación férrea en conseguir mantener abierto el
taller de los Bianca. Cuando recibió al zagal que venía a recoger el encargo y
tras asegurarse de la correcta colocación en un pequeño cesto, colgado a la
espalda del pequeño, del paquete rojo destinado a un burdel de la ciudad, se
sentó en el camastro a observar su Madonna negra en la pared de enfrente. Humeaba
el óleo, le picaban los ojos. Miró a su miserable alrededor sin un ápice de
auto compasión, mientras acariciaba la sábana… ¡lino!, era lino, algo basto,
pero le valdría para lo que había pensado. La madera no le resultó tan
complicada de conseguir. Cortó a conciencia la tela, doce trozos, preparó la
madera de la forma veronesa, esa tan particular de entelar lienzos y que en el
futuro tantos quebraderos de cabeza daría a los que intentasen trabajar sobre
la tela. A los tres días, tenía diez lienzos tensos, imprimados de algo
parecido al blanco triste del cielo de la villa y dos más de reserva, con la
marca de su taller, orgullosa, los doce, ojo azul sobre una B bellamente
trazada.
Y
comenzó, administrando las mezclas hasta el límite de lo aceptable. Comía sólo
lo que una de sus sobrinas le acercaba a la boca, hasta que harta de tanta
molestia la apartaba con gesto frustrado. Nada, no lo conseguía. Aquella maldita
loca idea que la había dejado sin sábanas, era la mayor estupidez que jamás se
le había ocurrido a nadie que se autodenominara pintor. Dos cuadros, sólo dos
lienzos en blanco y todo el trabajo de meses acabarían en la chimenea. Pintó sin
desmayo, hasta que la pequeña Cosima vino a visitarla de nuevo. “Es la hora”,
le dijo.
-“¿Hora?
¿De qué?” - sonrió
- De
irnos…
-No
entiendo, de irnos a dónde, para qué…
-Ven,
dame la mano, conozco el camino, no dejaré que nada malo te ocurra, confía en mí.
A la
mañana siguiente a la anciana la encontraron muerta sentada en el suelo, frente
a sus doce cuadros. En la mano su pincel preferido, lo había hecho con su
propio cabello, cuando aún era rubio y sedoso. Pintaba con sus recuerdos y con
su pasado, o eso le gustaba pensar.
Año de
gracia del 1407, Adalberto Chiessa, tratante de arte de Verona al servicio de
los Capulettos, paseaba perdido por el barrio de Postumia, hasta que algo llamó
su atención. No aquella pocilga que sin duda un día fue el taller de los
Bianca, sino algo que se podía observar desde la calle. Unos lienzos entelados
estilo “al bies” de los artesanos de aquel barrio. Tapaban los agujeros de las
ventanas que daban al callejón infecto al que había llegado abrumado por sus
problemas amorosos y buscando el famoso burdel de las Scorofinnas.
Sólo podía
observar la espalda del lienzo, pero sin duda…el simple roce y su instinto le
decía que en el frente había algo más.
La puerta
abierta le facilitó la tarea, entró y pese a la oscuridad, apenas herida por la
luz que entraba a su espalda, se quedó anclado al quicio. Imposible moverse,
imposible hablar, imposible pensar en cualquier cosa que no fuese aquella
extraña Madonna. Fue sencillo hacerse con los doce lienzos, el costo, apenas
unos tableros para sustituirlos. Envueltos en rojo, los colocó en el Carrello,
y se subió dispuesto a viajar a casa de su amigo, el Divino.
Cuando
el Divino entró en la estancia - iluminada como sólo podía estar un taller
veneciano, catorce ventanales, diez lámparas de oleo oriental, y en sus mejores
tiempos setenta y dos artesanos, entre pintores, aprendices y zagales - se hizo
el silencio, como cada vez que el maestro entraba en el taller, era alto para
su época, ligeramente obeso, el cabello le caía sedoso sobre los hombros. Caminaba
a zancadas, como lo hacen las personas que saben que les queda poco tiempo para
realizar todos sus sueños, uno, dos, tres,… cuentan que el ritmo descendió. Al llegar
al último lienzo, el más próximo a la ventana grande, a la “Ventana del maestro”,
quedó parado. Respiraba profundamente. Su barba temblaba ligeramente y los ojos
humedecidos.
- Querido
amigo, esto es…
- Algo
me dijo que era un mensaje para vos, no lo entiendo de otra manera.
- Decidle
a su autor que ha ganado el cielo con creces, sería para mí un honor compartir
mi estudio con él, solicitaré a los...
- No os
molestéis, resultará imposible, su autora murió hace diez años.
El Divino
miró sorprendido a su interlocutor, “¿autora…?”, se acercó lentamente a la
pequeña Madonna que le observaba desde el suelo, pegada al ventanal. Rugió. “Doce
caballetes, ¡YA!”. Acarició el bastidor con sus dedos sin atreverse ni a
tomarlo en sus manos. Estúpidos veroneses con su absurda forma de entelar… Esa
maldita variación de la proporción aurea y la luz, ¿Cómo demonios no se le
había ocurrido antes?, la maldita luz… tanta luz, tanta fe, tanta virtud como
tenía a su alcance y tuvo que descubrirlo un “demonio” desde el fondo de los
infiernos. En verdad la luz sólo es admirada por los ciegos y por los que viven
a oscuras, el resto sólo la usan. El maestro comprendió en seguida la mínima
variación de aquellos lienzos y desde entonces la aplicó a sus obras. Pronto
ese pequeño matiz viajó a Génova, Udine, Piamonte, Nápoles…
Un
pequeño matiz que cambió una forma de acercarse a la imagen de lo inaccesible. Un
matiz que enseñó que se pinta con la mirada y el corazón o sólo se copia la
realidad.
(Este pequeño
relato es verídico. Basado en la correspondencia del marchante de arte con el
Divino pintor de Madonnas. Me he
permitido ahorrar detalles, puramente técnicos y cambiar los nombres reales,
pues forma parte de un relato mucho más largo.
Un sencillo
motivo de reflexión acerca de la trascendencia del ser humano y sus creaciones.
Las primeras Madonnas venecianas, nacidas en el Quattrocento,
esas vírgenes que observamos absortos nacieron de la idea de una anciana
veronesa, de un sueño, de un “plagio”. Un día escuché emocionado “El arte ha
muerto, viva el arte” y es cierto, el arte ha muerto, muere cada día, pero lo
que nunca morirá será el ansia por trascender, los sentimientos que lo motivan
y los seres que anónimamente son escalones, sin la menor pretensión de ser
puente.)