lunes, 12 de mayo de 2014

Los observaba con envidia...


 
 
Los observaba con envidia, mientras se sentaban en una mesa muy baja colocada en un rincón del salón, sentados sobre unos cojines afectados de polvo indomable y alrededor de una extraña tetera. Sus ojos lloraban, pero sus bocas sonreían. Como un gato iniciaba mi acercamiento, seguro de que de ninguna manera repararían en mí, sólo deseaba escuchar aquel idioma extraño, el árabe hablado bajito suena a viento y orgullo, suena a primera vez y a regreso a algún lugar. El pequeño gato se acercaba sin perder de vista a aquellos dos robustos hombres, los movimientos de sus manos al servir aquel té negro con ligeros matices de menta, que al acercarlo a los labios hacía llorar levemente los ojos, las lágrimas del desierto reían ambos al decirlo, las medias vueltas de la taza pequeña y sin asa, las tres leves inclinaciones de la cabeza, la frase casi muda que salía de sus bocas que apenas interrumpía su conversación, el leve parpadeo y el silencio que seguía, roto siempre por una palabra que sonaba a promesa y que hacía que el otro abriera mucho los ojos antes de empezar a hablar, con mi madre aprendí a que sin manos es muy complicado hablar italiano, para hacer muchos movimientos al ritmo de las palabras, de ellos aprendí que los ciegos hablan un árabe muy malo.

Inevitablemente, en cuanto el gato alcanzaba el perímetro de intimidad, recibía una mirada del Gran Gato y procedía a una retirada táctica, mirando sorprendido a algún punto lejano, muy lejano y caminando decidido a comprobar alguna mancha de la pared o asegurarse de que la ventana estaba correctamente cerrada.

Le había rogado tantas veces a mi padre que me enseñara algo de su lengua materna, que casi había perdido la cuenta y obtenido en consecuencia una negativa incontestable, “Es por tu bien”.

 

Don Ismael vivía en nuestra casa, una vieja casona que hacía vida volcada a un patio interior, un patio de tierra batida de tanto pisarlo, con ocho naranjos y cuatro mandarinos, fuente y bancos de azulejos azules. En la planta baja, tres habitaciones independientes servían a mi padre para dar alojamiento al que estaba obligado por su religión. Una de ellas, estaba ocupada casi permanentemente por don Ismael y su mujer, doña Carmen. Él había nacido no sólo en el mismo país que mi padre, habían nacido en la misma ciudad y en el mismo barrio. Lo suyo no era vivir juntos por preceptos religiosos, iba mucho más allá, se acercaba a una amistad inquebrantable. Los dos se dedicaban a la venta de ropa de forma ambulante, hasta que decidieron comprar un pequeño local, más que nada para evitar el mal tiempo y el frío al que muchas veces nos veíamos sometidos. Los recuerdo los días de verano, sonrientes, preparando un pequeño carrito atiborrado de ropa embolsada en plástico de ese que hacía mucho ruido, bromeaban cuidando cada detalle, como si preparasen una caravana en búsqueda de sal o de especias en pleno desierto. Los miraba sentado en el suelo, atento a cualquier gesto que indicara que me necesitaban para algo, pero ese gesto raramente llegaba. Los seguía hasta la puerta exterior, por el pasillo iban en silencio, sólo el sonido de los muelles de los carritos, al llegar a la calle se separaban, cada uno tomaba una dirección diferente en busca de clientes que aún no conocieran su flamante tienda, atendida por sus respectivas mujeres.

Observaba a doña Carmen de reojo los días que tendía su ropa en un rincón del patio los días soleados en los que los hombres preparaban sus mercancías para recorrer los barrios más alejados del centro. Me gustaba el gesto que hacía cuando descansaba, con las manos en las caderas, me llamaba profundamente la atención porque era rubia y de ojos muy verdes, pero sobre todo porque mantenía su pelo cubierto casi bajo cualquier circunstancia, me preguntaba cómo era posible mantener aquella inmensa y preciosa mata de pelo alejada del mundo, como era posible que en un mundo de rubias de televisión, ella hubiera acabado en una pequeña ciudad que se ahogaba de calor en verano y de lluvia en invierno.

 

-Te gustaría ir con ellos…pero a los diez minutos estarás harto. – Me dijo un día sin ni siquiera mirarme, mientras retorcía una toalla antes de tenderla, con dos o tres pinzas en la boca.

-No lo creo… – respondí.

-No es tan heroico, sólo son vendedores que hablan raro y piensan más raro aún. Ven échame una mano con estas toallas, anda.

Obediente agarré con fuerza, hasta que ella al retorcerla conseguía hacerme girar también mis manos. “Vaya, ¡ocho vueltas!, te estás haciendo fuerte”. Y yo… sonreía ligeramente, entre avergonzado y curioso.

-No te enseña árabe por tu bien, aquí si hablas con ese acento serás mal mirado, te cerrará muchas puertas, sólo podrás ser vendedor. Tu padre quiere para tus hermanos y para ti algo diferente, aprende italiano…así hablarás como el Alain Delon….- rió abiertamente.

-Alain Delon no era italiano…era francés. ¡Pero el caso es que yo no quiero nada diferente! – Me sorprendí replicándole en voz alta.- “Lo siento”. - me apresuré a añadir torpe.

- Te voy a decir algo que no debería, busca tiempo con Ismael, él cree que deberías aprender aunque sea a escribirlo y leerlo, como un mudo, ya sabes, sin hablarlo.

 

Después de esa conversación me hice asiduo a las horas muertas de Don Ismael en el patio, mientras atendía jaulas y jaulas de canarios que liberaban dos veces al año después de sus oraciones del medio día. Unos canarios que los días de sol conseguían que casi todos nos tapáramos los oídos para poder obtener algo de paz. O cuando sencillamente se sentaba en uno de los bancos a leer, no recuerdo cómo pero un día miró a todos lados y casi al oído contó del uno al diez. Supe que contaba sólo porque al decir cada palabra estiraba uno de los dedos de las manos por riguroso orden, se levantó y se fue, como si hubiera cometido el mismísimo pecado original que me empezaban a enseñar en la escuela. Diez palabras, una frase larga, poco más, mi primera frase sin sentido de entre muchas frases sin sentido posteriores. Ni que decir tiene que la repetía a todas horas, aún sin saber cómo se escribían, un sonido que buscaba cadencia y ritmo por encima de mis nulas dotes de baile, “wáhid, ithnán, thalátha, árbaa, khamsa, setta…” me repetía a mi mismo mientras intentaba dormir, trazando signos imposibles, inventando su grafismo. Intercalándola entre mis pensamientos, mientras escuchaba y mientras hablaba.

 

- “Ulises, alcánzame tres bolsas azules”

- “¿Thalátha?”

Y todo se rompió a mí alrededor, una simple palabra. Mi padre soltó lo que estaba haciendo en el suelo, que ya no recuerdo lo que era, y se acercó despacio, moviendo disgustado la cabeza de un lado a otro.- “¿Cómo has dicho?”.

- Tres.

- ¿Me mentirás encima, Ulises?

- Dije Thalátha. – me ardió en la boca al pronunciarla y las lágrimas que pugnaban por salir en borbotón.

No dijo absolutamente nada, me miró de arriba abajo, como si fuese un desconocido, como si le hubiera pedido una tregua imposible. Silencio.

 

Durante unos días huí de don Ismael, no sé si por miedo o por sentir que también a él lo había decepcionado, hasta que no pude más. “Tendrás que controlar tu lengua, Nassi”. Cada día una palabra nueva, generalmente me acercaba y él, mirando al cielo, la pronunciaba, una sola vez, como un disparo. Yo cerraba mucho los ojos, recordando el sonido, la mayoría de las veces desconocía lo que significaba, sólo la repetía dentro de mí. De pronto, una palabra al día se me hizo poco y necesité dos, más adelante tres y conocer lo que significaba y saber cómo se escribía, en la tierra batida del patio. Al año, entendía por encima lo que hablaban, al año y medio los entendía perfectamente y sabía escribir cartas sencillas y pedidos de mercancía sin que mi padre supiera nada.

La soledad se desnuda sin necesidad de ayuda. Y llega generalmente como las visitas más deseadas o detestadas, sin esperarla. Una vez fui feliz. No lo recuerdo bien, ni el momento, ni las circunstancias que me hicieron pensar que era feliz, pero si tengo que apostar, con certeza lo haría a que fue en esa época de mi vida, ese instante del amanecer de los años, en el que no es de día ni de noche, no se ve nada claro, pero crees imaginarlo y en esa imaginación volcamos todo lo que hemos aprendido de belleza en nuestra corta existencia. Queda la sensación desnuda, porque las palabras raramente sobreviven a las guerras de los años.

Don Ismael y mi padre  se levantaban bastante temprano y desde la ventana de mi habitación en el segundo piso de la casa les veía desenrollar lentamente su alfombra, se arrodillaban acercando regularmente su nariz hasta el suelo. Según mi profesora de religión adoraban al diablo y a mí, la verdad, poco me interesaba a quien rezaban, eran los preparativos, eran los gestos, sus miradas y por encima de todo su fe, aunque obviamente a esa edad poco sabía de esa palabra.

En aquel rincón del patio, en el que rezaban, recuerdo haber escuchado por primera vez algo que me sorprendió, las mujeres se reunían a hablar a la sombra del naranjero más grande, sólo pasaba por allí y escuché decir a doña Carmen, en voz alta, que el amor era una tontería, que ella jamás estuvo enamorada de su marido, ni lo estaba en la actualidad, ni lo estaría nunca.

 

Casi como un paseo por una ciudad a la que amas, la soledad, también, llega de pronto a la vuelta de cualquier esquina y a doña Carmen le llegó. Todos me ocultaron la enfermedad de don Ismael, así que ignoro su afán de lucha, sus intentos por resistirse, incluso él mismo me lo ocultó todo, sólo sé que cada vez que lo podía ver estaba más delgado. “Apúrate, Nassi.- Me seguía llamando.- O no me dará tiempo”. Hasta que un día “se fue de viaje, al poco tiempo durante ese viaje tuvo un accidente y estaba bien, en un hospital de un país lejano, tratado por los mejores médicos del mundo, esperando a ponerse bien del todo para regresar, así que no preguntes más”.

Ella seguía levantándose muy temprano, desenrollaba la alfombra pero sólo la acariciaba, miraba sus libros, colocados sobre la tela, no como el que lee, sino como el que busca en su objetivo silencio, una pista necesaria para continuar la partida. Caminaba sola por el patio interior. Y allí nos veíamos, sin cruzar ni una palabra, hasta que un día me llamó por mi nombre haciendo gesto y sentí como hasta el más diminuto de mi vello se erizó. “Sé que Ismael te enseñó lo que pudo de árabe, ¿Aprendiste como para decirme algo?”

Con todas mis fuerzas deseé  explotar en un relato fluido, pero a lo más que llegué fue a hablarle con esfuerzo y rigidez. Cuando llevaba unos cinco minutos eternos intentando hilvanar una historia, me puso la mano sobre el antebrazo y dijo “Suficiente, gracias”. Aprendí a que cuando hacía el gesto de tocar con la palma de su mano el banco, quería decir que deseaba que le hablara. Y eso hacía. Generalmente le hablaba de las Suras con las que aprendí a escuchar sin pensar, y que por supuesto recordaba de memoria. Un día me miró a los ojos y me preguntó - “¿cómo se dice Amor?”

"Houb", respondí, casi sin parpadear, usando el significado más corriente.

Asintió. - El amor es sólo una palabra. Puedes vivir mil años y no saber más que como se dice en varios idiomas y el tono en el que debes hacerlo para conseguir lo que quieres. Pero las definiciones no hacen arder al corazón que ya sufrió un incendio. Soy afortunada, yo conocí lo que significaba, como espectadora, pero lo conocí. Me pidió que te regalara su alfombra y su Corán, pero te voy a ser sincera, no lo voy a  hacer… -.

“Mi regalo, esa alfombra era mía, ese libro era mío, ¿cómo se atrevía?” -  “¡Y si no le amaba por qué estaba con él!”. Disparé con una furia que me sorprendió a mí mismo. Me miró larga e incómodamente a los ojos, sin parpadear, hasta que no pude soportar su mirada y retiré a un lado la mía. Asintió lentamente y se levantó caminado en dirección a su habitación.

Muchos días acudí al patio pero no la encontré. ¿Qué serías capaz de hacer por amor? Fue una pregunta que se fijó a mi pensamiento desde esa época.

 

Un día, antes de salir al colegio, mientras miraba los pocos pájaros que quedaban enjaulados, esperando a que llegara el día de su libertad. Se acercó con paso decidido hacia mí, se situó a menos de medio metro de distancia y se agachó hasta que casi se rozaron nuestras narices. “Cuéntame algo, lo que sea, háblame”. Aquel día me inventé un cuento sin demasiado sentido, perdido en aquellos ojos verdes. La ansiedad de aquel reencuentro me podía, intenté que el cuento no fuera de un niño sino de un hombre. No sé lo que conseguía mientras hablaba, porque nunca había visto los ojos de una mujer que no fuese de mi familia tan de cerca. Después de mucho alargar el final para prolongar nuestro encuentro tuve que poner un fin, y en él me tomó la mano. “Me casé con él porque se lo mereció y fui tan egoísta como para reconocer que jamás en mi vida, jamás, por mucho que consiguiera vivir, nadie sería capaz de amarme tanto y hacer tanto por mí sin esperar absolutamente nada. En unos días me marcho a vivir con mis hijos”. - Me dijo en el árabe más perfecto que jamás había escuchado. Su sonrisa triste me respondió muchas cosas sin necesidad de palabras, y lo que no respondió quedó adherido a las paredes de mi alma para un posterior entendimiento.

No la vi marchar, aunque lo deseaba. Sencillamente un día llegué a la casa y ya no estaba. No había caja con recuerdos, ni sobre con carta de despedida, ni libros, ni alfombra. De mayor pensamos “tal vez la vida nos vuelva a reunir” de pequeños todo es blanco o negro. En su habitación vacía y desnuda, recuerdo decir “Hola” y sorprenderme del eco, era mi primer eco de una larga lista.

 Después de haber estado vestida tan exquisitamente con alfombras, telas y fotografías de hombres y mujeres en sepia, elegantemente vestidos. Absolutamente nada tangible hablaba de sus inquilinos. En la pared, a lápiz, muy suave, casi pidiendo permiso, en arabescos sumamente exagerados se podía leer  “El amor muere como un guerrero”  ni mucho menos entendí el sentido, pero si sentí que era para mí. La acaricié en cada uno de sus trazos, intentando memorizar algo que, sin saberlo, estaba destinado a formar parte de mi memoria a sangre y fuego. Cada una de sus líneas fueron mías, poseí sus sinuosas curvas presintiendo lo que era una caricia. En aquellos roces, en aquella sensual persecución de curvas y oscuridades busqué el sentido de todo lo que estaba ocurriendo en mi interior. Cada imperfección cada mínimo detalle resultó una experiencia en sí misma. Haber conocido una habitación llena y sentir por primera vez el significado de la palabra Vacío, fue para mí una parábola. ¿Qué es más importante, el continente o el contenido? Imagino que con los años decidimos que los dos son importantes por igual, pero con once febriles años, el continente no tiene la más mínima de las importancias.
 
 
 
 
 

 

3 comentarios:

  1. Preciosa historia.
    Precioso recuerdo.

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  2. Sí, de pequeños todo es blanco o negro. Eres bello, compañero querido.

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  3. Ulises cuando escribes todo cobra sentido, hasta mis propios recuerdos.
    Es precioso.
    Un beso.

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