La fe de un hombre puede resquebrajarse
hasta consumir la última astilla
que alumbra el camino de vuelta a casa cuando ya no hay luz,
sólo camino y determinación ciega
y el verdugo apura el último trago de valor
en un gesto
algo animal, algo humano.
Mi cuerpo lleno de cicatrices,
de estrellas y constelaciones
es un mapa del tesoro,
punto a punto confeccionado en
mil luchas, mil batallas, nunca cuerpo a
cuerpo,
pero perdidas de antemano.
Templé mi alma en la dureza de la batalla
así que no me juzgues si no lloro,
templé mi alma en la soledad negra del mar
así que no me juzgues si el viento me lleva
lejos.
Pero confía, mi corazón no se derrama en
guerras inacabadas,
pues sé que no hay hombre más temible que
aquel
que no
teme a la muerte,
pero sin suficiente amor en los bolsillos,
el hombre sin miedo
es menos que nada,
es un simple destructor.